ENRIQUETA MARTI (LA VAMPIRA DEL CARRET PONENT)

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    Eternity
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    ENRIQUETA MARTI (LA VAMPIRA DEL CARRET PONENT)

    Mensaje por Eternity el Vie Nov 27, 2009 9:35 pm

    Tras el delicado nombre de Enriqueta
    Martí se esconde una de las personalidades criminales más feroces de la
    historia negra de España. Secuestradora, prostituta, alcahueta,
    falsificadora, corruptora de menores, pederasta, bruja y asesina son
    algunas de las actividades que ejerció durante su vida esa mujer a la
    que el pueblo de Barcelona bautizó como “la Vampira del Carrer Ponent”. Y
    todo empezó de una forma bien simple, con un desmentido oficial que
    trataba de negar la realidad, algo que ha venido sucediendo siempre a
    lo largo de la historia. El gobernador civil, nada menos que Portela
    Valladares, trataba de convencer a todos de que era “completamente
    falso el rumor que se está extendiendo por Barcelona acerca de la
    desaparición durante los últimos meses de niños y niñas de corta edad
    que según las habladurías populacheras habrían sido secuestrados…”. Pero
    el rumor, ese runrún que se extendía por calles y plazas, mercados y
    patios de vecinos, era completamente cierto. Eran muchos los niños que
    a diario desaparecían en las grandes ciudades durante aquellos años y
    los padres, para amedrentar a sus hijos, para hacerlos más precavidos,
    les contaban tétricos relatos sobre “el hombre del saco”. Por
    aquellos días de febrero de 1912, apenas tres años después de la Semana
    Trágica, la mayor parte de ciudadanos de Barcelona andaban preocupados
    por la desaparición de una niña de cinco años llamada Teresita Guitart
    sobre cuyos detalles y circunstancias se estaba extendiendo ampliamente
    la prensa.Había ocurrido a la caída de la tarde del 10 de febrero en la calle
    de San Vicente. Ya era casi de noche cuando Ana, la madre de Teresita,
    se había detenido a la puerta de su domicilio a charlar con una vecina
    y le soltó la mano a la pequeña en la creencia de que subiría sola
    hasta el piso. Pero no fue así. Cuando el marido vio llegar a su esposa
    sin Teresita, preguntó extrañado: “¿Y la nena?”. La buena mujer lanzó
    un grito y bajó corriendo a la calle, pero ya era demasiado tarde, no
    había rastro de la niña. Lo que había ocurrido era que
    Teresita, en lugar de subir a su casa, se alejó un poco, curioseando, y
    de repente sintió que una mano cogía la suya y que una mujer extraña le
    decía con acento mimoso: “Ven, bonita, ven, que tengo dulces para ti”.
    La pequeña, ilusionada, se dejó llevar un trecho, pero, al ver que se
    alejaba demasiado de donde estaba su madre, soltó su manita y trató de
    regresar. Demasiado tarde. La desconocida desplegó un trapo negro con
    el que cubrió por completo a la niña, la agarró en brazos para ahogar
    sus sollozos y protestas, y se perdió con su presa en las sombras de la
    noche. Y Barcelona vivió más de dos semanas con el corazón en
    un puño pensando en la suerte que habría podido correr la infeliz
    Teresita Guitart. Todos los esfuerzos policiales resultaron, como casi
    siempre, nulos. Sería una vecina fisgona, una chafardera, la que
    descubriría el paradero de la niña desaparecida. Se llamaba
    Claudina Elías, y un buen día se fijó en la carita de una niña que la
    miraba a través de los sucios cristales de un ventanuco y le pareció
    que su expresión era implorante. Era la casa de la vecina del
    entresuelo, en la que vivía con un niño y una niña, pero el deplorable
    rostro de aquella criatura de cabeza rapada no le resultaba familiar.
    “Mira que si se tratara de la desaparecida Teresita”. Se lo comentó al
    colchonero que tenía la tienda en la misma calle de Poniente (hoy
    Joaquín Costa) y éste se lo hizo saber al municipal José Asens, quien
    se lo comunicó a su jefe, el brigada Ribot. Y fue éste el que a
    primera hora de la mañana del 27 de febrero de 1912 llamó a la puerta
    del entresuelo 1ª del número 29 de la calle de Poniente. Le abrió una
    mujer que acababa de despertarse. –Buenos días. Vengo a inspeccionar su domicilio, pues hemos tenido una denuncia de que tiene usted gallinas. –¿Gallinas? ¿A quién se le ocurre? Eso es mentira. –Si me permite… Y
    el brigada Ribot penetró en el piso descubriendo al fondo del pasillo a
    dos niñas de corta edad. La dueña de la casa reaccionó y le dijo que
    sin una orden del juez no podía pasar. Pero era tarde. Ribot se acercó
    a la pequeña, que tenía la cabeza rapada.–¿Cómo te llamas, guapa? –Felicidad –¿No te llamas Teresita? La
    niña vaciló y acabó diciendo: “Aquí me llaman Felicidad”. Ribot
    preguntó a la mujer quién era aquella niña y ella respondió que no lo
    sabía, que se la había encontrado en la Ronda de San Pablo el día
    anterior y le había dicho que estaba perdida y que tenía hambre y ella
    se la había llevado a casa. “La otra es mi hija y se llama Angelita”,
    añadió. No había ningún rastro del niño que la vecina decía haber visto
    en repetidas ocasiones.Una vez en la Jefatura de Policía, que entonces estaba en la calle de
    Sepúlveda y cuyo máximo responsable era José Millán Astray, la
    secuestradora fue identificada como Enriqueta Martí Ripollés, de 43 años y con antecedentes… por corrupción de menores. Había
    sido detenida en 1909 en su domicilio de la calle de Minerva, donde
    descubrieron que tenía un prostíbulo de menores de ambos sexos y de
    edades que iban desde los cinco hasta los 16 años. Con ella había sido
    detenido un cliente joven que resultó ser hijo de familia distinguida. Enriqueta
    fue procesada, pero la causa se perdió en los archivos gracias a las
    influencias ejercidas por una persona muy conocida y muy poderosa de la
    ciudad. La vida de Enriqueta
    Martí estuvo siempre muy relacionada con la prostitución. Ella misma
    comenzó a ejercerla antes de cumplir 20 años, el día en que se dio
    cuenta de que siendo criada no se llegaba a ninguna parte. Fornicó en
    los lupanares de más baja estofa de la zona vieja y marinera de la
    Puerta de Santa Madrona hasta que un día decidió probar fortuna
    casándose con un pintor incomprendido y fracasado, Juan Pujaló, un
    pobre tipo que se alimentaba de alpiste, como los pájaros, porque lo
    había aprendido en un manual de naturismo. Diez años duró la relación,
    aunque hasta seis veces se separaron en este periodo. La última y
    definitiva había sido cinco años antes. Por eso la policía pudo descubrir que Angelita no era hija de Enriqueta porque así lo declaró el infeliz de Pujaló, que explicó que el fracaso de su matrimonio se debía a que “Enriqueta
    es muy aficionada a los hombres y acostumbra a frecuentar ciertas casas
    que a mí no me gustan”. Posteriormente, los médicos comprobaron que
    efectivamente Enriqueta nunca había dado a luz. ¿Quién era, pues, Angelita y dónde estaba el niño que vivía con ella en la calle de Poniente? Enriqueta
    no fue nada explícita en sus declaraciones y siguió manteniendo que la
    niña era suya aunque semanas después reconocería que se la había
    quitado nada más nacer a una cuñada a la que hizo creer que lo había
    perdido en el parto. En cuanto al niño, explicó que se llamaba Pepito,
    que tenía cinco años y que se lo habían dejado para que lo cuidara.
    “Pero como se puso malito lo llevé fuera de Barcelona para que se cure”. Poco
    a poco, a base de testigos que se presentaban espontáneamente a
    declarar, pudo irse trazando la personalidad de la secuestradora. A
    pesar de que no tenía problemas económicos, solía mendigar y acudía,
    vestida como una pordiosera y acompañada casi siempre de un niño o una
    niña, a centros de acogida, conventos, parroquias y asilos pidiendo
    limosna y comida. Ésta era su ocupación por las mañanas, pero a
    media tarde salía de su casa elegantemente vestida con sedas y
    terciopelos y tocada la cabeza con pelucas y sombreros. ¿Qué lugares
    frecuentaba? ¿A quién visitaba? Las declaraciones de las dos niñas, fundamentalmente la de Angelita, vinieron a demostrar que Enriqueta
    Martí era mucho más que una alcahueta secuestradora y corruptora de
    niños. Teresita contó al juez que aquella mujer, nada más llegar al
    piso, le dijo: “¿Verdad que sientes picor en la cabeza? Anda, hija mía,
    déjate cortar el pelito y te pondrás buena”. La niña se dejó
    hacer mientras la mujer le decía que a partir de ahora se iba a llamar
    Felicidad y que ya no tenía padres y que ella era su madre y que tenía
    que llamarla “mamá” cuando salieran a la calle. Pero nunca salió a la
    calle ni le estaba permitido asomarse al balcón o a las ventanas. Le
    daba mal de comer –patatas y pan duro–; no le pegaba, pero solía darle
    fuertes pellizcos. Su única distracción era jugar con Angelita,
    porque ella no llegó nunca a ver a Pepito en la casa. A veces se
    quedaban las dos solas y era cuando tenían más miedo y todos los ruidos
    las asustaban. Pero un día Angelita le dijo: “Vamos a ver qué tiene
    mamá en los sitios donde no nos deja entrar”. Y entrelazando sus
    manitas penetraron casi a oscuras en las habitaciones prohibidas.
    Teresita tropezó con algo que resultó ser un saco. Lo abrieron y, al
    descubrir su contenido, lanzaron un grito de horror: había un cuchillo
    grande y unas ropas de niño manchadas de sangre. La declaración
    de Angelita fue aún más sobrecogedora. Ella sí conoció a Pepito, un
    niño rubio de su misma edad con el que solía jugar hasta que un día…
    “Mamá no se dio cuenta de que yo la vi cómo cogía a Pepito, lo ponía
    sobre la mesa del comedor y lo mataba con un cuchillo. Yo me fui a mi
    cama y me hice la dormida”.
    Tanto impresionaron al pueblo de Barcelona las declaraciones de las
    dos pequeñas que se abrieron suscripciones populares para abrirles una
    libreta de la Caja de Ahorros y hasta fueron presentadas en público. En
    el teatro Tívoli, por ejemplo, se celebró una función en su honor y en
    los carteles se decía: “Teresita y Angelita asistirán a la
    representación desde un palco”. Pero lo más tremendo todavía estaba por llegar. Fue
    a raíz del registro que se produjo en el entresuelo de la calle de
    Poniente. Los del juzgado se quedaron atónitos cuando entre aquellas
    habitaciones sórdidas y malolientes descubrieron un suntuoso salón
    amueblado con gusto exquisito. El mobiliario, las lámparas, el
    cortinaje, las butacas y los sofás debían de haber costado una fortuna. En
    un armario colgaban dos trajecitos de niño y otros dos de niña; había
    medias de seda y zapatitos a juego con los trajes. Y también fueron
    encontrados las pelucas rizadas y los finos trajes de confección que Enriqueta vestía en sus misteriosas salidas. Un
    paquete de cartas llamó la atención de los funcionarios. La mayoría
    estaban escritas en lenguaje cifrado, y abundaban en ellas las
    contraseñas y las firmas con iniciales. Apareció también una lista, una
    relación de nombres, que daría mucho que hablar a la opinión pública. En
    la cocina encontraron el saco del que habían hablado las dos niñas y,
    efectivamente, contenía un trajecito de niño y un cuchillo
    ensangrentados. En otra habitación descubrieron un saco de lona,
    aparentemente lleno de ropa sucia y vieja, pero en cuyo fondo había
    huesos de reducido tamaño que posteriormente se confirmaría que eran de
    criaturas infantiles. Hasta 30 se contaron entre costillas,
    clavículas, rótulas… Todos ellos presentaban la particularidad de que
    tenían señales de haber sido expuestos al fuego, lo que, según los
    médicos, excluía que pudieran servir para estudios anatómicos y hacía
    suponer que más bien los pobres niños habían sido sacrificados para
    extraer grasa de sus cuerpecitos. Esta afirmación era en respuesta a la
    explicación que días más tarde daría Enriqueta justificando que tenía recogidos aquellos huesos para estudios de anatomía. Tras
    un armario descubrieron la cabellera rubia de una niña de unos tres
    años, y la macabra expedición concluyó en una habitación cuya cerradura
    tuvieron que forzar y en la que aparecieron medio centenar de frascos,
    rellenos, unos, de sangre coagulada; otros, de grasas, y el resto, con
    sustancias que fueron enviadas a un laboratorio para su análisis. Junto
    a las pócimas había un libro antiquísimo con tapas de pergamino que
    contenía fórmulas extrañas y misteriosas. Y también un cuaderno grande
    lleno de recetas de curandero para toda clase de enfermedades, escritas
    a mano, en catalán y con letra refinada.
    A partir de aquel descubrimiento no se hablaba de otra cosa en la ciudad más que de Enriqueta
    Martí, y los principales periódicos nacionales, que por entonces se
    componían de unas 16 páginas, le dedicaban a diario un par de ellas
    para contar, como si fuera un folletín, las novedades del caso bajo
    titulares como: “Los misterios de Barcelona”. Entre los testimonios de personas que trataron a Enriqueta
    o sufrieron sus actividades se contaban historias tan dramáticas como
    la de una mujer de Alcañiz que acababa de llegar a Barcelona a buscar
    trabajo con un bebé en brazos. La buena mujer se sintió desfallecer y
    se sentó en el umbral de una casa. Una desconocida, de tono amable, se
    le acercó; era Enriqueta. –¡Qué nena tan bonita!, ¿quiere que le dé un rato el pecho? –A mi hija nadie le da el pecho más que yo –respondió la baturra. –Pues
    a mí me gustaría dárselo. Me parece que lo que usted tiene es hambre.
    Vamos a esa lechería, que le pago un vaso de leche. ¡Pobre mujer!
    Traiga, que ya le llevaré yo a la niña. Y la mujer, que estaba desfallecida de hambre, siguió a la desconocida y entró con ella en la lechería. Enriqueta pidió un vaso de leche y exclamó de repente: –Pero le sentará mejor con pan. Espere, que ahora mismo lo traigo. Salió
    con el bebé en brazos y nunca regresó. Seis años tuvieron que pasar
    hasta que la desgraciada mujer de Alcañiz volviera a ver frente a ella,
    para identificarla, a la que le había robado a su hijo y sabe Dios lo
    que habría hecho con él. Ante las abrumadoras pruebas, Enriqueta
    acabó reconociendo que era curandera y que vendía filtros y ungüentos.
    “Confecciono remedios utilizando determinadas partes del cuerpo
    humano”. Y, de forma repentina, vociferó: “¡Que registren el piso! ¡Que
    piquen bien las paredes y encontrarán algo! Como sé que me subirán al
    patíbulo, quiero que conmigo suban los demás culpables”. No tan sólo el piso de la calle de Poniente fue registrado a fondo, sino también los otros domicilios que Enriqueta
    había tenido durante los diez últimos años. Y el resultado fue
    aterrador: en un piso de la calle de Picalqués fue descubierto un falso
    tabique que ocultaba un hueco en el que aparecieron más huesos, entre
    ellos varios de manos de niño. Dice la crónica que “con los huesos fue
    encontrado un calcetín de niño que debió de pertenecer a un hijo de
    familia muy humilde, porque está zurcido y añadido desde su mitad con
    hilo de otro color”. En un piso de la calle de Tallers, en un
    escondrijo, hallaron huesos y dos cabelleras rubias de niñas de corta
    edad. En una torre de Sant Feliu de Llobregat aparecieron libros de
    recetas y nuevos frascos con sustancias desconocidas. Y finalmente, en
    el patio de una casa de la calle de los Jocs Florals de Sants
    descubrieron el cráneo de un niño de unos tres años, que todavía
    presentaba adheridos a la piel algunos cabellos y una serie de huesos
    que los forenses reconocieron como pertenecientes a tres niños de tres,
    seis y ocho años. Diez fueron las criaturas identificadas como víctimas de Enriqueta
    que se incluyeron en el sumario. Los periódicos escribieron frases
    como: “Esos huesos hablan de crímenes bárbaros, y esos emplastos y esas
    curas, de supercherías medievales”. Y Millán Astray, jefe superior de
    policía, definió a la Martí como “una neurótica que se creía curandera,
    un caso de bruja antigua que hubiera sido quemada en Zocodover”.No cabe duda de que la Martí utilizaba a los niños que secuestraba
    en una explotación doble: como objetos de placer para sus degenerados
    clientes y como materia prima para elaborar sus potingues. Llegó a
    especularse, y así lo recogen el escritor Núñez de Prado y el abogado
    leonés Jesús Callejo, que el origen de las actividades como hechicera
    de Enriqueta
    podría estar en que “en una de esas orgías pederásticas, uno de los
    niños perdió la vida y a partir de aquel momento decidió extraerles la
    sangre y no desperdiciar ni siquiera el tuétano y los huesos de sus
    víctimas”. En aquella época, la tuberculosis hacía estragos, y
    estaba muy extendida la creencia de que el mejor remedio para detenerla
    era beber sangre humana y aplicarse sobre el pecho cataplasmas de
    grasas infantiles. Tan sólo dos años antes, un suceso había alarmado a
    España entera: el crimen de Gádor, en el que un curandero, Francisco
    Leona, había sacrificado a un niño de siete años, Bernardo González,
    para que el rico propietario Francisco Ortega curara la tisis que
    padecía bebiendo la sangre de la criatura y aplicándose sus “mantecas”
    sobre el pecho. A nadie escapaba que tras los aberrantes crímenes de Enriqueta
    Martí tenía que haber personas con suficientes recursos económicos para
    satisfacer sus pervertidas necesidades. Y es en ese punto donde aparece
    la famosa lista de nombres hallada en el tugurio de la calle de
    Poniente, una lista de la que todo el mundo hablaba pero nadie conocía,
    una relación de nombres y domicilios en la que, se rumoreaba, figuraban
    médicos, abogados, comerciantes, algún escritor, políticos y otras
    personalidades. La indignación y la furia comenzaron a
    apoderarse del pueblo de Barcelona, y la prensa más conservadora corrió
    a calmar los ánimos para evitar males mayores. Así, Abc llegó a decir
    que “los nombres y domicilios contenidos en esta lista son de gentes
    conocidas por su amor a la caridad, gentes que fueron víctimas de las
    socaliñas (que significa ‘engaños’) de la hechicera, que las conocía
    por haber acudido a sus casas a pedir limosna”. Pero cuando saltó la noticia de que Enriqueta
    había intentado cortarse las venas con una cuchara de madera en su
    celda de la prisión de Reina Amalia, la irritación popular se convirtió
    en cólera y las autoridades temieron que si fallecía estallara un
    motín, pues los hechos de la Semana Trágica de 1909 estaban cercanos. Para evitar el suicidio de Enriqueta
    se tomaron todo tipo de precauciones. “La cama de la Martí está
    colocada frente por frente a las de sus tres compañeras de reclusión
    para que éstas no la pierdan de vista, cualquiera que sea la posición
    que aquélla adopte para dormir, y tienen orden de destaparle la cara si
    ven que se cubre la cabeza con las ropas de la cama para evitar que con
    sus dientes se seccione una vena de la muñeca”.Sin embargo, el interés por el tema comenzó a decaer al no
    producirse nuevos descubrimientos macabros y entrar toda la
    investigación en una fase rutinaria y farragosa. El periodista Luis
    Antón del Olmet concluía así la larga y espléndida serie de reportajes
    que dedicó al caso: “Estamos ante una de las criminales más tremendas y
    crueles de las que se tienen noticia. Movida por un fanatismo vesánico,
    ha ido matando niños durante diez años para sacarles las grasas y
    fabricar ungüentos. Es un caso inaudito, monstruoso, del que se hablará
    muchos años con estupor. Enriqueta Martí ha de tener leyenda, pero ¿será cosa de seguir glosando indefinidamente este suceso?”. Y
    para rematar la pérdida de interés por el tema, a mediados de abril, un
    transatlántico se hundió tras chocar con un iceberg. Se llamaba Titanic
    y las noticias sobre aquel desastre apartaron definitivamente de las
    rotativas a la Vampira del Carrer Ponent. Meses después se supo que Enriqueta
    Martí había fallecido en el patio de la cárcel linchada por sus
    compañeras presas. Se especuló que antes de ser golpeada ya estaba
    muerta, envenenada por encargo de alguien interesado en su
    desaparición. Nada se pudo probar. Lo único cierto es que nunca llegó a
    celebrarse el juicio, que aquellas personas que figuraban en la lista,
    “tan amantes de la caridad”, se acostaron aquel día más tranquilas y
    que Enriqueta Martí Ripollés se convirtió en leyenda.


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    Re: ENRIQUETA MARTI (LA VAMPIRA DEL CARRET PONENT)

    Mensaje por Kelevra el Dom Abr 11, 2010 7:26 pm

    Una pena que no saliesen esos nombres de gente poderosa que utilizaban los servicios de esta macabra mujer que sin duda estaba ida de la cabeza. Secuestrar a niños para prostituirlos, matarlos y vender sus órganos es algo que estoy seguro que aún se hace en la actualidad y los culpables no son solo los enfermos mentales que cometen estos crímenes sino la pervertida y corrompida gentuza aburguesada de pasta que no denuncia a estos tiparracos aún sabiendo lo que hacen grr .

      Fecha y hora actual: Sáb Jul 21, 2018 4:40 pm